Roma, 1 de enero de 2008
Fiesta de María Madre de Dios
Jornada Mundial de la Paz
Queridos hermanos y hermanas,
Dentro de pocos días, para la fiesta de la Epifanía, cerraremos el año del jubileo agradeciendo al Señor por ochocientos (800) años de vida otorgados a nuestras monjas de la Orden. Ha sido un año de muchas bendiciones tanto para la Orden como para la Iglesia en general. He tenido el gran gusto de observar las numerosas iniciativas tomadas por nuestras monjas. Se han publicado libros, escrito himnos, iniciado nuevas investigaciones sobre las antiguas fundaciones y su oración contemplativa ha sido y continúa siendo renovada. En efecto, toda la Orden ha llegado a obtener una mayor apreciación de que las monjas están en el corazón de la Orden y que la base de nuestra predicación no es nada menos que la contemplación profunda de nuestra fe. Creo que la renovación de la vida de nuestras monjas está directamente relacionada a la renovación de toda la Orden.
Mientras este año del jubileo avanza hacia su fin, nos proponemos comenzar una novena de años que culminaría con el jubileo del 2016, 800 años de la confirmación de la Orden de Predicadores por el Papa. Los capitulares del reciente Capítulo General en Bogotá han pedido que el tiempo entre estos dos años de jubileo (2006 – 2016) sea consagrado a una seria renovación de nuestra vida y misión de predicadores. (Capítulo General de Bogotá #51) Por tanto, deseo invitar a toda entidad de la Orden, comunidades e individuos en ella, a iniciar el largo proceso de renovación a través de reflexión, decisión y acción en relación a todo lo que incumbe con nuestra vida de predicadores del Evangelio.
Para dar enfoque a este primer año propongo que empecemos por la renovación de nuestra vida de predicadores a través de un redescubrir del rosario, como medio de contemplación e instrumento para la predicación profética. Aunque ya el rosario se nos ha escapado de las manos de varias maneras como una contribución particularmente dominicana a la vida de la iglesia, sin embargo, él perdura al mismo tiempo con mucha vida entre nosotros. Les ofrezco con esta carta una meditación modesta sobre el rosario partiendo desde el punto de vista de la memoria, la reflexión teológica y la piedad popular.
1. Memoria
Permítanme evocar algunas de mis propias memorias que espero también despierten en ustedes algunas de las propias. Los recuerdos son importantes para forjar nuestra identidad, dar cuerpo a nuestras ideas y para permitirnos revivir y re-interpretar eventos claves de nuestra vida.
Mi primer recuerdo del rosario remonta a mis primeros años en el Colegio Champagnat de los hermanos Maristas en Buenos Aires con el primer rosario que tuve en mis manos. Los hermanos nos inculcaron un verdadero amor a María como madre que nos ama incondicionalmente y que intercede por sus amados hijos e hijas, la María del Evangelio de San Juan. Por supuesto se celebraba el mes de María con procesiones, rosarios y letanías. Ya de joven portaba una decena del rosario en mi bolsillo. La repetición del Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria permitían que esta oración se arraigara profundamente en mi vida.
Hoy en día me gusta especialmente rezar de esta manera mientras camino. Me acompaña por los diferentes paisajes ya sea que este de viaje o en la ciudad. Es la “contemplación callejera” de la cual fr. Vincent de Couesnongle nos habló una vez. Comienza marcando el ritmo de mis pasos, consintiéndome detener un mundo siempre en movimiento. Me permite dar alma, vida y corazón a la ciudad o al lugar por donde paso y a los encuentros que me esperan con sus gozos y esperanzas, luces y sombras.
No hace mucho, durante uno de nuestros retiros, el Consejo General meditaba sobre el misterio de la muerte. Uno de los frailes describía como los hermanos agonizantes casi siempre piden su rosario, aun que sea tan solo para aferrarlo. Recuerdo que en la película el “Batismo de Sangue” (Bautismo de Sangre), que cuenta la historia de nuestros hermanos brasileños torturados en los años 70 bajo la dictadura de Medici, fray Tito de Alencar, mientras le arrastraban fuera del convento, gritaba a su hermano que fuese por su rosario. ¿Qué significado tendría para él en aquel momento espantoso?
¿Cuáles son tus recuerdos del rosario? ¿Qué significado tendrían para ti? ¿Para mí? ¿Qué nos diría de ello nuestro estudio y reflexión teológica?
2. Reflexión Teológica
Yo creo que estos recuerdos nos hablan de la proximidad de Dios. El misterio de la Encarnación, no solo comprende el nacimiento del Señor en un pasado milenario, sino también la encarnación de la gracia, el nacimiento de Dios, en nuestra vida diaria. Jesús vive y su Espíritu continúa sanándonos, enseñándonos, perdonándonos, consolándonos y retándonos. Esto no es una vana abstracción, más bien se hace visible en las imágenes asociadas a los misterios del rosario. La conciencia de la encarnación se acrecienta a medida que se permite a estas imágenes el entrañarse en los asuntos de nuestra vida diaria. Es así que el rosario es profundamente encarnador, bíblico, Cristo-céntrico y contemporáneo.
Por supuesto, el rosario es Mariano. Seamos claros en lo que significa esta aserción. En María se unen lo divino y lo humano, la creatura se une al Creador. En María reconocemos nuestra identidad y nuestro destino. Vemos la comunión santa de “Dios-con-nosotros” y de “Dios-entre-nosotros”. Reconocemos que nuestro dios es Dios-para con-nosotros –redentor y salvador, santificador y glorificador.
En efecto, María es figura central en nuestra vida de fe. Mientras la consideramos hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu, debemos también considerarla una creyente en el valle de las sombras y como llena de esperanza cuando se confronta con una situación desesperada. Se le puede ver como protectora de las mujeres en cinta que dan a luz en la pobreza, patrona de los que inmigran a tierras extranjeras para sobrevivir y como la que hace duelo por el hijo arrestado, torturado y asesinado. Y no en balde, a través de todo esto somos testigos del triunfo de la fe, la esperanza y la caridad. Ya el Papa Juan Pablo II nos invitaba a contemplar el rostro de Cristo a través de los ojos de María.
¿Qué podría significar esto para nosotros? Como Maestro de la Orden soy misionero que da aliento a sus hermanos y hermanas esparcidos por el mundo, escucho sus historias y sus realidades. Porto el recuerdo de los rostros de familias cristianas mal heridas en Bahawalpure (Pakistán 2001), de los vecinos de nuestras hermanas en las barriadas más pobres de Kinshasa (Congo), los niños que nos seguían en Camerún, la plaza de la Guerra Civil en Campodos (Tibu), Colombia, de familias pescando desde sus canoas a las afueras de Gizo en las Islas Salomón o en el río Urubamba en las Amazonas peruanas. Estas imágenes, acompañando a los misterios del rosario, se convierten en mi intercesión junto con la de María, mientras coloco a los heridos a los pies de Jesús.
Nuestro mundo parece estar siempre dividido por las guerras. En mi mente figura primero un Iraq arrasado por la guerra, y claro, no muy detrás se encuentra el incesable fluido de sangre entre israelitas y palestinos. El siglo veinte fue marcado por las guerras y la devastación en todo el planeta. Durante los peores momentos la gente se aferró al rosario para rezar por la paz. En efecto ¿no fue éste el enfoque de las devociones de Fátima para la conversión de Rusia y no es entonces que se invoca a María como Reina de la Paz? Al mismo tiempo, no menospreciemos las guerras frías que se dan dentro de nuestras familias, comunidades, y al interior de nuestras almas y corazones. ¿No podría el rosario traernos la paz? Este año celebramos también el 50ª aniversario de fray Dominique Pire, nuestro hermano belga, quien recibe el premio Nobel de la paz por haber establecido “islas de paz.” Quizás su inspiración para este proyecto nació desde reflexión mientras rezaba su rosario por la paz.
Las palabras de la oración que acompañan mi reflexión nos hablan del Reino de Dios, del pan cotidiano, de la liberación del mal, del fruto del vientre, de los pecadores y de la hora de la muerte. El Reino de Dios es justicia y paz, la voluntad de Dios está en desacuerdo con la opresión, el pan se comparte y el perdón se da. El fruto bendito del vientre materno es sagrado. Sí, el rosario –las palabras bíblicas y nuestra meditación – hacen de él una oración tan profética como contemplativa, que tanto anuncia como denuncia, una oración que al igual que consuela, transforma. Las palabras de alabanza a la Trinidad nos invitan a vivir en comunidad, sin subyugación y en apertura y disposición hacia el otro. Sí, “la voluntad de Dios” se hará y por esto no perdemos jamás la esperanza. Nuestra predicación está llena de esperanza pues “[lo] que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida” (1 Juan 1). Viviendo en compañía de Jesús, cómo lo hizo María, nos convertimos en ese discípulo y apóstol de quien precisa el mundo y que Dios anhela.
3. La Práctica de la Piedad Popular
Después del Vaticano II, tendíamos a menospreciar la importancia de la “piedad popular.” No sin equivocarnos, hacíamos hincapié sobre el estudio bíblico y una mayor participación litúrgica. Al hacerlo también minimizábamos aquella expresión que permitía una mayor expresión de sentimientos religiosos, e.g. exposición del Santísimo, procesiones, peregrinaciones a santuarios, devociones al rosario, etc. Ahora, después de cuarenta (40) años de experiencia constatamos que la gente, tanto ancianos como jóvenes necesitan de estas expresiones para “que reavives el carisma de Dios que está en ti” (2 Timoteo 1,6).
Esta piedad popular aún perdura con firmeza en los santuarios Marianos alrededor del mundo. Este año celebramos 150 años de Lourdes (Francia) y 90 años de Fátima (Portugal), para mencionar solo dos santuarios que atraen literalmente millones de personas al año. Podríamos mencionar también a Guadalupe (México), Czestochowa (Polonia), Knock (Irlanda), Chiquinquirá (Colombia), Coromoto (Venezuela), Luján (Argentina), Manaoja (Filipinas), y muchos más. Casi todo pueblo del mundo posee un santuario nacional a la Virgen, quien reúne en un abrazo maternal a fieles de todas partes.
Se observan todavía en los autos las medallas de San Cristóbal y rosarios que cuelgan de los retrovisores, también pequeños altares hogareños o estatuas en jardines. Tenemos los rituales de imposición de cenizas al comenzar la cuaresma y los ramos al principio de semana santa que nos informan de los deseos y sentimientos religiosos del pueblo. Estos ritos son los que introducen un cierto orden y estabilidad, un cierto ritmo y dimensión encarnadora en las vidas de la gente común, permitiéndoles de vivir más profundamente estos eventos religiosos. ¿Podríamos nosotros, los Dominicos, recuperar la piedad popular que nos caracteriza: el rosario?
En efecto, he llegado a considerar el rosario como una oración estimada universalmente. Ya sea en Italia como en Ucrania, México o Estados Unidos, Filipinas o Vietnam, Kenia o Nigeria, el rosario es rezado y amado. Creo que una razón para esto sea su realidad de oración tangible. Es algo que posee casi todo católico. Se da como un regalo. Es un ritual que se celebra tanto en privado como en común. Es algo que se puede tocar, sostener y aferrar en momentos difíciles de nuestra vida, es como sujetarse de la mano de la misma Virgen. El rosario es puesto en nuestras manos en “la hora de nuestra muerte” y en el día de nuestro entierro. Sus oraciones son resúmenes de nuestra fe, aprenderlas es como aprender a hablar, son el principio de una vida de oración y sí, también el final de nuestra vida de oración –“hágase tu voluntad” “ahora y en la hora de nuestra muerte.” Recibimos un rosario en nuestra juventud, un rosario en la toma de hábito, y un rosario nos acompaña en nuestro entierro.
Conclusión
He compartido con ustedes algunas de mis reflexiones, espero que sean tan sencillas como profundas; quizás sean más una meditación y reflexión del corazón que ninguna otra cosa. En el Capítulo General de Bogotá, fue mi privilegio asignar a fray Louis-Marie Ariño-Durand de la Provincia de Tolosa como promotor del rosario, él ha ya desarrollado y continúa a desarrollar un extenso sitio-web que podrá servirles durante este próximo año. Por otra parte, les pido que cooperen en su desarrollo respondiendo a las solicitudes de fray Louis-Marie. Juntos podemos construir un sitio-web para beneficio de la Iglesia entera.
Al principio de esta novena de nueve años en preparación para la conmemoración del aniversario de 1216, ¿podríamos usar este próximo año, que comprende la Epifanía 2008 a la Epifanía 2009, como un año para descubrir de nuevo el rosario en nuestra vida personal, vida comunitaria y renovación de nuestra predicación tan profética como contemplativa? ¿Podríamos contribuir al futuro de la piedad popular de nuestras gentes desarrollando de nuevo novenas del rosario, misiones y procesiones o santuarios? ¿Podríamos contemplar a nuestro Maestro con los ojos del discípulo perfecto? ¿Podríamos contemplar al Hijo a través de los ojos de su madre? ¿Podríamos contemplar nuestro mundo con su necesidad abismal de transformación por el Evangelio? ¿Podríamos llegar a vivir y predicar apasionados con la creatividad de Dios Padre y de María, Madre del Hijo amado?
Agradezco la oportunidad que tengo de compartir con ustedes mis propias reflexiones. En los próximos meses, el Consejo General determinara los distintos pasos y temas para los próximos años que dedicaremos a la continua renovación de nuestra vida y misión. Pido a los provinciales y vicarios generales, prioras y presidentes de fraternidades laicas, ocuparse de hacer circular esta carta entre sus miembros.
Durante el Año Nuevo, sepan que les tendré muy presentes en mi mente y en mis oraciones y a cambio, espero estar en las vuestras.
Hermanos y hermanas, recorramos juntos este trecho de renovación. Pongámonos en camino con la confianza que Domingo tenía en María, Madre de Dios.
Su hermano en Domingo,
fr. Carlos A. Azpiroz Costa, O.P.
Maestro de la Orden de Predicadores
©2008 the Order of Preachers