SALUDO DEL MAESTRO A BENEDICTO XVI

2 March 2008
Roma, 6 de febrero, 2008

Miércoles de Ceniza

 Su Santidad Benedicto XVI

 Santidad,

                ¡Gracias por haber celebrado una vez más el inicio de la Cuaresma en nuestra Basílica de Santa Sabina!

La Basílica, que lo ha acogido hoy por tercera vez como Sucesor de Pedro, fue confiada en 1220 a Santo Domingo y sus frailes por su predecesor Honorio III. En la nave central, en medio del coro, se conserva aún la lápida bajo la cual se encontraban –hasta la última restauración del templo en 1936- las reliquias de varios mártires, entre ellos: el Papa Alejandro, Teódulo, Evencio, Sabina y Serapia... (actualmente dichas reliquias se hallan bajo el altar mayor en una urna marmórea).

Los frailes contemporáneos a Santo Domingo decían que Nuestro Padre solía postrarse muchas veces en oración sobre dicha lápida, expresando de alguna manera su deseo de dar la vida por Jesucristo en su misión apostólica de fraile predicador.

Siempre se lo representa a Santo Domingo con la Palabra de Dios en la mano. Leyendo, estudiando, meditando y orando la Palabra comunicaba a los demás el fruto de esa contemplación

En este contexto, aprovecho la oportunidad para darle las gracias por sus palabras al final de la celebración litúrgica con ocasión de la Jornada de la Vida Consagrada en la Basílica de San Pedro el pasado sábado 2 de febrero. Exhortándonos a centrar nuestra vida en la Palabra, ha mencionado –entre otros fundadores y fundadoras- a Santo Domingo verdadero vir evangelicus en su hablar y actuar (Iordanus de Saxonia, Libellus 104).

 Cuentan sus biógrafos que «Estando Domingo en Roma, en concreto orando en la Basílica de San Pedro (en 1217) pidiendo a Dios que conservara y aumentara la Orden, vio cómo se le acercaban los apóstoles Pedro y Pablo. Pedro le entregaba un bastón, y Pablo un libro. Le decían: “Vete, predica, porque Dios te ha escogido para este ministerio”. Dicho esto, le parecía ver a sus hijos diseminados por todo el mundo yendo de dos en dos anunciando la palabra divina» (Constantino de Orvieto, Narración, 25).

Santidad, el año pasado, en dos ocasiones muy especiales, de alguna manera ha traído a la memoria del corazón del Pueblo de Dios el sentido más profundo de nuestra vocación y misión dominicana.

                En el Angelus del Domingo 28 de enero de 2007 -memoria de Santo Tomás de Aquino- mencionó al Doctor Angélico, nuestro hermano, como alguien que «...supo presentar la admirable síntesis cristiana entre razón y fe, que para la civilización occidental representa un valioso patrimonio, al que se puede acudir también hoy para dialogar de modo eficaz con las grandes tradiciones culturales y religiosas del este y del sur del mundo». De esta manera quiso relacionar expresamente al Aquinate con su discurso del 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona (ciudad donde el Santo Doctor Alberto Magno fue Obispo).

                En la Audiencia General del 23 de mayo de 2007, habiendo regresado de su viaje apostólico a Brasil, volvió en cierto modo a su discurso del 13 de mayo cuando inauguró la V Conferencia del CELAM en Aparecida. Entonces se había referido a la obra evangelizadora en el continente latinoamericano. En la Plaza de San Pedro, diez días más tarde, señaló: «Ciertamente, el recuerdo de un pasado glorioso no puede ignorar las sombras que acompañaron esa predicación. Efectivamente, no es posible olvidar los sufrimientos y las injusticias que infligieron los colonizadores a las poblaciones indígenas, a menudo pisoteadas en sus derechos humanos fundamentales. Pero la obligatoria mención de esos crímenes injustificables —por lo demás condenados ya entonces por misioneros como Bartolomé de las Casas y por teólogos como Francisco de Vitoria, en la Universidad de Salamanca- no debe impedir reconocer con gratitud la admirable obra que ha llevado a cabo la gracia divina entre esas poblaciones a lo largo de estos siglos»

                Santa Catalina de Siena, refiriéndose a la “navecilla de Santo Domingo”, queriendo ser dócil a quien la inspiraba, escribe en el Diálogo: «Él –Santo Domingo- tomó el oficio de mi Hijo unigénito, el Verbo» (Diálogo n.158).

Como expresión de ese fecundo diálogo entre Fe y cultura, Fe y razón, los hijos e hijas de Santo Domingo como verdaderos “hombres y mujeres evangélicos” (Cf. Primeras Constituciones o Consuetudines II, 31), estudiando, meditando y contemplando la Palabra, misioneros, teólogos ¡predicadores!, queremos seguir siendo fieles a nuestra vocación in medio Ecclesiæ, para que el Evangelio sea el elemento fundamental de una síntesis dinámica que, con diversos matices según las naciones, exprese de todas formas la identidad de los pueblos.

Santidad, permítame una vez más renovar la fidelidad de la Orden y la mía propia al sucesor de Pedro y a la Iglesia, haciendo mías –como cada vez que le escribo- las palabras que Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia, usaba para dirigirse a sus predecesores -Gregorio XI y Urbano VI- animándolos con veneración y ternura a ser fieles a su ministerio petrino: «¡Dulce Cristo en la tierra! » 

Es verdad, el inicio de la Cuaresma invita a vivir un tono penitencial y austero. Sin embargo comprenda también que contar cada año con la presencia del Papa en Santa Sabina es para nosotros causa de alegría y fiesta

Pido al Señor le conceda un fecundo tiempo de Cuaresma y muy Felices Pascuas de Resurrección mientras imploro de corazón su Bendición Apostólica para toda la Familia Dominican

Con afecto filial

 

Fray Carlos A. Azpiroz Costa OP

Maestro de la Orden